Arelis García esboza las vivencias del “fiador solidario” frente al amargo sabor de la solidaridad mal correspondida de “un amigo”. Arelis también advierte a las instituciones financieras y estatales sobre la forma de actuar frente a quienes asumen este tipo de obligación.
Por ser “fiadora solidaria” de un “amigo” en el año 2002 fui objeto de un embargo ¡sorpresivo! que me llevó de inmediato a contactar al deudor, quien después de relatarme su melodrama de interminables desgracias, me acompañó a la oficina legal del banco donde nos sentaron en un pasillo como dos “infelices condenados a muerte” en espera de la incumbente.
Pocos minutos después, la incumbente nos pasó por el frente, sin mirarnos, sin saludarnos, sólo vimos su espalda envuelta en un uniforme funeral coronado por un lote de pelo incendiado. Al ver que ella se acomodaba en su escritorio, tímidamente, le preguntamos si ella era la Sabina (a mí me sonaba a Casina) que esperábamos.
Ya sentados le explicamos por qué estábamos allí. Tratando de ser cordial, usé mi voz más tierna para decirle que creía que ese préstamo había sido saldado porque no había tenido noticias del asunto por años y que yo no podía ni debía monitorear la vida del deudor cada mes para saber si pagaba o no. En todo caso, el Banco estaba en la obligación de informarme, y no lo hizo, sino que procedió legalmente a mis espaldas, como si me estuvieran acechando.
Me dijo, con una voz infernal, que yo estaba en la obligación de saber de ese préstamo porque yo era tan responsable como el deudor principal. Mi punto es que si por mi calidad de fiadora solidaria yo tengo las mismas obligaciones que el deudor principal, también tengo el mismo derecho a ser informada permanentemente de la situación del préstamo y no esperar a que se engrose la deuda afectando mi crédito de forma subrepticia y alevosa. “Casina” arqueó sus negrísimas cejas endiabladas y me ripostó que sí, que yo estaba en la obligación de saber todo y que el caso ya estaba fuera del banco.
Contactamos al abogado a cargo, quien ensayó toda suerte de simpatías para convencernos de que teníamos que pagar y si no, las siete plagas se nos venían encima. ¡Después de sentir las llamas del infierno de “Casina”, las palabras de este abobado tenían la validez de una lápida sepulcral! Añadió que cerca del 90% de los créditos morosos son pagados por los fiadores solidarios.
Lo peor de todo es que Mi Banco no me avisó nada, a pesar de tratarse de una clienta “full” por muchos años. Dado el embargo de mis cuentas no pude saldar mi tarjeta de crédito y como premio recibí un interés de un 10% sobre el monto total, a pesar de haber abonado más de un 90%. Llamé a la Superintendencia de Bancos para reclamar y la respuesta fue letal: las tarjetas de crédito no tienen ningún estamento que proteja al consumidor.
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